Del yoga como peligro mortal y de por qué hago esta revista de Yoga

Yoga peligro mortal y por qu hago esta revista

 

Por Verónica Ancery

Fui a mi primera clase de yoga en el año 1996, en el garaje de una casa en el barrio de Turdera. Estaba buscando una actividad que me ayudara a aliviar mis contracturas crónicas. Yo no sabía nada de yoga, solo que era una actividad que se recomendaba mucho para aliviar el estrés y que tenía, según se decía, alguna relación con lo espiritual. Cuando llegué, la profesora me explicó que daba hatha yoga y acto seguido, comenzó la clase. Mientras la hacía, pensaba: “esto no es ejercicio, yo puedo hacer mucho más; esto no me cansa”; como si cansarme fuera la solución que buscaba para mis contracturas. Por momentos me dejaba llevar por la suave música de fondo, música “yoguística de la nueva era” que apaciguaba mi monólogo interior. La clase terminó y volví a casa sin saber si iba a ir a otra clase porque realmente sentía que no había hecho nada. Al día siguiente, me levanté y fui a comprar el diario al quiosco que había a una cuadra de mi casa. ¡Fui renguenado todo el camino de ida y de vuelta! ¡Me dolía todo, hasta ese momento no me había percatado de los tantos músculos que el cuerpo tiene!

 

Fui la primera en llegar a la siguiente clase. Y a las otras también. Cuando descubrí el pranayama fui feliz. Salía de las clases sintiendo que me había drogado con oxígeno y la sensación que tenía al caminar era como si pisara nubes. Solo con eso sentía que el yoga era algo que querría hacer toda mi vida.

También hacíamos algunas meditaciones guiadas. Para mí, que mi mente tiene una excesiva capacidad de traducir palabras en imágenes, era la panacea. Vi escenas fabulosas: cavernas, playas, cielos por los que volé, bosques y jardines maravillosos.

Nada sabía de tradiciones, nada sabía de los orígenes del yoga, nada sabía tampoco de gurus ni de mantras. Tampoco sentía que lo necesitara. Mis contracturas estaban mejor, me encendía de felicidad cuando respiraba correctamente y tenía mis imágenes en la pantalla mental. No necesitaba más.

Un día me mudé y ya no pude ir a esas clases. Estuve un par de años sin hacer yoga. Pero siempre extrañé esas sensaciones. Entonces, movida otra vez por el malestar de mis contracturas empecé a buscar otro lugar para tomar clases nuevamente. Fui a un gimnasio pero me molestaban los espejos del salón y la música fuerte que se escuchaba desde la sala contínua me desconcentraba mucho. No volví más y seguí buscando. Encontré un lugar chiquito en una galería, cuya profesora era una verdadera entusiasta del yoga. Me dieron ganas de probar sus clases. Otra vez, fui la primera en llegar. Éramos tres alumnas. Dos señoras jubiladas y yo, que rondaba los 30 años. La primera asana fue la parada de cabeza. A las señoras no les salía, tenían miedo y una movilidad bastante reducida. Pero hacían lo que podían, “hasta donde llegaran”, amorosamente asistidas por la profesora. Yo intenté hacer la postura. Al principio no me salía, pero también fui asistida. Armé un trípode con la cabeza y las puntas de los dedos de las manos. Puse las rodillas sobre los codos y, lentamente, empecé a levantar las piernas. ¡Lo logré! Estaba parada de cabeza y mis compañeras y profesora me felicitaban con entusiasmo. Mi ego salió de esa clase tremendamente acariciado. Y seguí yendo. En todas las clases me paraba de cabeza, me felicitaban y me usaban de ejemplo para que las alumnas vieran cómo se hacía. La profesora explicaba los muchos beneficios de la postura y también decía que para fin de año quería poner fotos de las clases en la vidriera del local, y una grande de mí haciendo la parada de cabeza. Por eso me incentivaba a practicar en casa. Llena de entusiasmo, compré una colchoneta en una casa de artículos deportivos para seguir practicando y beneficiándome en la intimidad de mi hogar. Así, en cada tanda publicitaria de la televisión, tomé la costumbre de “hacer yoga” parándome de cabeza. ¿Y mis contracturas? Bien, gracias. Estaba tan entusiasmada y ocupada perfeccionando “mi” asana, que ni las recordaba. La sensación de arenilla en el cuello que tuve toda esa semana tampoco representaba una molestia para interrumpir mi entrenamiento.

Llegó el día en que pasó lo que tenía que pasar. Durante una tanda publicitaria, puse la colchoneta en el piso, delante del televisor, y me paré de cabeza. Enseguida llame a mi pareja para que viera mi gracia. El tardó unos segundos porque estaba ocupado. Yo aguanté porque quería que me viera. Yo aguanté, pero mi cuello no. Se dobló de golpe, no resistió más, y me caí hacia atrás como una bolsa de papas. Mis piernas golpearon un sillón, casi tiran la tele y quedé tirada en el piso atravesada de dolor y sin poder moverme. Literalmente no podía moverme. Mi novio trató de ayudarme, pero yo ni siquiera podía enderezarme en el piso. En la posición que caí, quedé paralizada. Después de unos minutos, con ayuda, logré acostarme en el sillón a pesar del tremendo dolor que sentía, y casi en la misma posición en que había quedado en el piso. Mi novio sugirió llamar a un médico pero dije que no; esto no era nada y en minutos se me iba a pasar solo. Así que insistí para que siguiéramos con nuestros planes y me alcanzara la cena al sillón, porque por más que quisiera seguir como si nada, no me podía mover. Me trajo la cena y cuando vio que no podía llevarme un bocado a la boca ya no me pidió opinión y llamó a emergencias. Lo que sucedió “en minutos” no fue que se me pasó el dolor y recuperé la movilidad, sino que los paramédicos me sacaron de casa atada a una silla de ruedas y con el cuello inmovilizado para llevarme a una clínica.

En la ambulancia me inyectaron algo y en la clínica logré levantarme y dar dos pasos en la sala de rayos x para que tomaran unas radiografías de mi querido cuello. Luego, otra vez a la silla y a ver al médico. Cuando ingresé al consultorio, el doctor puso las placas en la pantalla de luz para observarlas. Yo esperaba que dijera “está todo bien, esto no es nada”. Pero en vez de eso, el doctor no dejaba de mirar las placas y, agarrándose la cara con las dos manos, no paraba de decir: “uuuhhh!.... Aaahhhh!!!”

Logró ponerme nerviosa y le pregunté “pero qué pasa? ¿Que ves ahí?” Me dijo: “Mirá, si yo no viera que estás en la silla toda dolorida pero que te podés mover, que pudiste caminar, pensaría que la dueña de estas placas tiene secuelas severas. Porque tus cervicales no se rectificaron, directamente se doblaron para el lado contrario a la curvatura natural que tienen que tener. Podrías haberte quebrado el cuello. Realmente tuviste mucha suerte. ¿Qué hiciste para que te pasara esto?”

Ahora sí conmocionada le dije: “yoga”. Su sorpresa fue enorme: “¿Yoga? Pero si eso es lo que le recomendamos a los pacientes para que se relajen, no tiene contraindicaciones …”

Pues sí, resulta que las tiene. Cuando lo que se hace como “yoga” no es Yoga. Pero bueno, sigo contando.

A esa noche fatídica le siguió un largo proceso de recuperación. Por supuesto, sin “yoga” ni ninguna otra actividad más que mucha kinesiología, potentes medicamentos para el dolor, miorrelajantes y mucho reposo. Pasaba los días sentada en el fondo de casa, mirando cómo la brisa movía las flores y pensaba: “ya haría un día (o dos o tres o diez) que me hubiera muerto y el viento seguiría moviendo esas plantas”. O “ya haría tres semanas que me hubiera muerto y la gente seguiría pasando por la vereda exactamente igual que ahora, pero yo no estaría en este mundo…” En la posibilidad de haber sobrevivido con las “secuelas severas” que mencionó el médico ni siquiera podía pensar. Me daba más miedo que la posibilidad de haber muerto.

Cuando viajaba en auto para ir a algún médico, tenía que ir sujetándome la cabeza con las dos manos, porque el cuello ortopédico que usé durante meses no alcanzaba para evitar el dolor del movimiento. Fue en esa época que descubrí lo pesada que es la cabeza. Me sentía uno de esos perritos que los taxistas suelen poner en la luneta del auto, que mueven la cabeza al compás del vaivén del vehículo.

Dos hernias de disco en las cervicales que aún hoy me duelen muchísimo algunos días son el souvenir de mi aventura. Pero la semilla había sido sembrada en Turdera y yo quería volver a experimentar el yoga, ahora con más precauciones.

Años después de aquel episodio, volví a buscar dónde practicar. Me recomendaron un lugar donde se podía hacer el profesorado y la parada de cabeza estaba prohibida porque era peligrosa. Ahí fui, decidida a aprender más de lo que aprende una alumna común para no correr ningún riesgo. Este lugar era muy práctico: podías hacer el profesorado en un año, o en seis meses o en quince días, si no tenías tiempo de esperar.

En mi primera clase noté cosas que me hacían ruido. La chica que estaba al frente era menor que yo pero la llamaban “la primera dama del yoga”. En las clases se hacía mucho énfasis en el concepto del “yoga deportivo” y del “campeonato argentino de yoga”. Yo ya había aprendido en carne propia que el yoga no tenía nada que ver con esos conceptos, sino que se trataba más de reconocer, observar y escuchar el cuerpo y la mente, que era algo para uno y no para andar demostrando ninguna clase de destreza. Luego, otra cosa que me llamó la atención fue el ambiente que se respiraba en el lugar. Una devoción llamativa hacia el dueño y director del lugar al que, por supuesto llamaban “swami” y vestía de anaranjado casi siempre, pero que tenía un algo en la mirada que no encajaba con esa descripción. En el fondo había una habitación un tanto misteriosa, donde el “swami” se reunía a charlar con algunas estudiantes destacadas por alguna razón. La misma clase era dictada por tres personas distintas, la “primera dama”, el “swami” y una traumatóloga especializada en “yoga deportivo”. Al swami le encantaba iniciar la clase con el estiramiento del gato, y todo el tiempo en que estábamos en el “apoyo de cuatro patas”, arqueando la columna hacia arriba y hacia abajo, él se paseaba por todo el salón “cuidando” cómo hacíamos la postura desde atrás de cada estudiante. Eso me hacía sentir muy incómoda. Tanto, que dejé de ir. Con el tiempo me enteré, de fuentes inobjetables, que el señor tiene varias denuncias por acoso y abuso sexual.

Luego de esa experiencia, probé clases en un lugar reconocido y respetado en todos los medios de comunicación que había sido fundado por una mujer rusa que realmente sabía de yoga. Ella ya había dejado este mundo y el matrimonio que estaba a cargo del lugar llevaba las riendas con fidelidad a sus enseñanzas. Fue la primera vez que asistí a clases sin música. Eso me incomodó mucho. Entendí lo importante y difícil del silencio. Las clases eran buenas, pero para mí tenían dos contras: casi no había lugar para moverse porque éramos demasiadas personas, y también nos parábamos de cabeza. Ese es mi límite. Se hacía de otra manera, contra la pared, armando la base con los brazos de otra forma, pero en mi memoria las impresiones vividas con mi accidente perduraban con fuerza. Además, ya tenía un embarazo avanzado y decidí no ir más.

Años después seguía con ganas de practicar yoga, pero ya no sabía a dónde ir. Un día, en el trabajo, bajando de un ascensor me encontré con una queridísima amiga a la que llevaba un tiempo largo sin ver. Charlamos un rato y noté una gran diferencia en ella. La última vez que la había visto era un manojo de nervios. Esta vez era una persona feliz y tranquila. Se lo dije. “Es que estoy haciendo yoga, tenés que probarlo, con tu historia y lo que te gusta, te va a encantar y te va a hacer muy bien”. Justo estaba por comenzar un curso de profundización en las técnicas de Satyananda Yoga. Me mandó el flyer por correo. Pero ese año no fui. No era mí momento aún. Al año siguiente me volvió a enviar el flyer de la nueva edición del curso y tampoco fui. Recién al tercer año me dije “ya es hora de probar” y fui. Comencé el curso. Conocí lo que es una verdadera tradición, lo que es el yoga de verdad. Las clases eran (son) mi espacio para encontrarme realmente conmigo misma, ir cada vez más profundo, descubrirme y hacer muchos cambios en mi vida. Y el mayor desafío está en llevar lo aprendido en clase a la vida cotidiana, ahí está el verdadero poder transformador del yoga de tradición, del verdadero yoga. Agradezco profundamente a la vida el momento en que me reencontré con mi amiga y su constancia en la invitación. Hace ya cinco años que soy una principiante y entusiasta de Satyananda Yoga. Y estoy agradecida de haberlo conocido porque realmente mi vida cambió para mejor. Podría decir que yo no cambié, yo “des-cambié”: me reencontré con mi esencia y puedo vivirla más libremente cada día.

Hay algo inevitable que sucede cuando uno descubre algo que le hace bien: lo quiere compartir con todo el mundo. Yo no escapo a esa regla. Y como soy periodista, mi compartir va más allá de la gente conocida de mi entorno. Siento la necesidad de hacerlo llegar a la mayor cantidad de gente posible, para que el beneficio se expanda. Hace más de 20 años que me dedico a mi profesión desde la prensa institucional y los contenidos web. Desarrollé varios proyectos de sitios web, cada uno con distinta suerte, siempre queriendo llevar un poco de luz a los lectores sobre algún tema que encontraba interesante y benéfico. Al encontrar a la Bihar School of Yoga y el enorme tesoro de conocimiento que guarda, la consecuencia era inevitable. ¿Cómo no hacer una revista para difundir este conocimiento, esta tradición, en mi país, donde hay tanta oferta de falsos yogas que, con buenas o malas intenciones, lo llevan a uno hasta el peligro de muerte o de cosas peores?

Y así nació, en agosto de 2017, la revista Atmabhava, yoga para la cabeza, el corazón y las manos. Al principio tenía otro nombre, pero la esencia es la misma. En el inicio fue de papel durante varios números. Luego, para asegurar la continuidad y la independencia económica, se convirtió en revista digital. Y la respuesta de la gente que descubre la tradición Satyananda Yoga a través de cada post o de cada edición en pdf me inspira a seguir adelante.

Swami Sivananda marcó un camino: servir, amar, dar, purificar, hacer el bien, ser buenos, meditar, realizar. Con esta revista desarrollo cada día mi primer paso en ese camino. Agradezco a todos los que de una forma u otra han colaborado en estos años, a los que lo siguen haciendo y, en especial, a los lectores que se interesan por conocer y probar el camino de la tradición Satyananda Yoga.

Cómo lo explica Swami Satyananda en su libro “Dinámica del yoga, fundamentos del Yoga de Bihar”: “El yoga es una ciencia racional con sistemas técnicos para acallar la turbulencia de la mente, para fortalecer las energías físicas y mentales y para mantener la recuperación. En una palabra, su objetivo es el desarrollo de una personalidad integrada (...) El hombre no debe ser todo intelecto ni tampoco solamente emoción, debe lograr la mezcla adecuada; de otra manera no tendrá paz en su vida (...) Yoga significa unión, identificación. Identificación con las alegrías y pesares de cada uno; extiende nuestros horizontes y nos conduce por encima de las pequeñeces de la vida (...) ¿Disfruta usted de una vida feliz y armoniosa? ¿Llena de entusiasmo sus actividades diarias? Cuando se encuentra con circunstancias adversas ¿se sobrepone a ellas con cabeza fría y seguridad? Si no es así, asuma el yoga.”

Muchas gracias a todos.

Verónica Ancery.